La política real empieza cuando se acaban los discursos bonitos, y en Morena ese momento llegará cuando se repartan las candidaturas rumbo a 2027. Ahí se va a notar quién tiene padrino y quién tiene apellido. Porque mientras la narrativa del movimiento sigue hablando del pueblo y la base, en la práctica las posiciones ya están apartadas entre reelecciones, acuerdos con aliados, ex priistas bien acomodados y uno que otro heredero político. La militancia podrá aplaudir en eventos, pero no puede competir contra una lista que ya viene planchada desde arriba, ¿cuánto tarda la ilusión en romperse cuando la realidad se impone sin disimulo?
El problema no es que Morena desprecie a sus liderazgos territoriales, sino algo más incómodo: simplemente no les alcanza el espacio para darles su lugar, y en política quedarse sin lugar es quedarse sin futuro. Los operadores de tierra llevan años movilizando gente, defendiendo votos y construyendo estructura, pero cuando llega la hora de las candidaturas descubren que su trabajo no pesa tanto como los acuerdos políticos. Así funciona el poder, sí, pero también así empieza el resentimiento político que luego nadie sabe controlar, ¿de qué sirve construir un movimiento si al final las decisiones se toman entre pocos?
El quiebre no será inmediato ni dramático, será lento y pragmático, porque los liderazgos desplazados no van a hacer escándalo ni a romper públicamente; simplemente van a buscar dónde sí puedan competir. Y ahí es donde Movimiento Ciudadano puede convertirse en la salida natural para muchos cuadros territoriales que no encontraron espacio en Morena después de las definiciones. No por convicción naranja ni por rebeldía ideológica, sino porque en política quedarse quieto es desaparecer, ¿qué hace un liderazgo local cuando su propio partido le cierra la puerta en la cara?
La advertencia es incómoda pero lógica: Morena podría terminar debilitándose no por la oposición, sino por la frustración acumulada de su propia estructura territorial. Porque los partidos no se rompen cuando pierden elecciones, se rompen cuando su gente deja de sentirse parte del proyecto. Y si en 2027 empiezan a aparecer candidatos naranjas que antes vestían de guinda, no será casualidad ni traición, será consecuencia. Al final la política es menos romántica de lo que se dice y más cruel de lo que se admite, ¿qué tan caro puede salirle a Morena olvidar quién le construyó el territorio?







