El Comecyt analiza un proyecto para instalar sensores a lo largo del río Lerma y utilizar inteligencia artificial para identificar en tiempo real posibles fuentes de contaminación. La información podría llegar directamente a autoridades ambientales para facilitar inspecciones y sanciones.
El río Lerma podría convertirse en uno de los escenarios donde la tecnología y la inteligencia artificial sean utilizadas para enfrentar un problema que durante décadas ha sido visible: la contaminación de uno de los principales cuerpos de agua del Estado de México.
El Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt) analiza un proyecto que contempla instalar sensores en distintos puntos de la cuenca para monitorear la calidad del agua y utilizar inteligencia artificial para tratar de identificar qué tipo de contaminante está presente y de dónde podría provenir.
La propuesta todavía se encuentra en etapa de valoración y podría desarrollarse con la participación del Instituto Tecnológico de Toluca, de acuerdo con información proporcionada por el director del Comecyt, Víctor Daniel Ávila Akerberg.
La idea resulta ambiciosa: pasar de conocer que el río está contaminado a contar con información capaz de señalar, con mayor precisión y en tiempo real, qué está provocando determinado episodio de contaminación.
¿Cómo funcionaría la inteligencia artificial en el río Lerma?
El proyecto contempla colocar sensores capaces de recopilar información sobre diferentes parámetros relacionados con la calidad del agua.
Esos datos serían procesados mediante herramientas de inteligencia artificial que tendrían que ser entrenadas para reconocer patrones y relacionarlos con determinados contaminantes o actividades.
En términos sencillos, el objetivo sería que el sistema pudiera detectar un cambio anormal en el agua y ayudar a determinar dónde comenzó el problema y qué características tiene.
Esto permitiría generar información que posteriormente podría ser compartida con instituciones encargadas de vigilar el cumplimiento de las normas ambientales.
Entre ellas estarían la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de México (Propaem) y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa).
Si el sistema funciona como se plantea, una descarga contaminante podría dejar de ser solamente una denuncia ciudadana o una evidencia observada durante una inspección y convertirse en un evento registrado mediante datos.
Pero aquí aparece el primer gran reto: detectar a un contaminador no significa automáticamente que será sancionado.
La tecnología puede producir información; la autoridad tendrá que utilizarla, verificarla y actuar.
El río Lerma recibe diferentes tipos de contaminación
La problemática tampoco es igual en toda la cuenca.
El río atraviesa 43 municipios, por lo que las fuentes de contaminación pueden cambiar conforme avanza su recorrido.
Entre los municipios relacionados con su trayecto se encuentran Almoloya del Río, Calimaya, Lerma, Metepec, Toluca, Otzolotepec, Ocoyoacac y San Mateo Atenco, entre otros.
En la zona de Almoloya del Río se han identificado descargas de aguas residuales provenientes de actividades domésticas, además de residuos asociados con el uso de agroquímicos en zonas agrícolas.
Más adelante aparecen otros problemas vinculados con actividades productivas.
La contaminación puede relacionarse con sectores industriales, ganaderos, farmacéuticos y textiles, de acuerdo con los trabajos de diagnóstico realizados en la cuenca.
Esto representa una dificultad adicional para cualquier sistema de inteligencia artificial: el río no tiene un solo contaminante ni una única fuente de deterioro.
El reto será distinguir entre las diferentes huellas químicas y ambientales que aparecen a lo largo del afluente.
De las aguas residuales a los procesos industriales
Uno de los puntos importantes de la propuesta es precisamente identificar cómo cambia la contaminación conforme el río avanza.
En distintas zonas de la cuenca se han observado problemas asociados con actividades particulares.
La presencia de residuos de procesos textiles, descargas relacionadas con actividades agropecuarias y contaminación generada por industrias forman parte de un escenario mucho más complejo que simplemente hablar de “agua sucia”.
Y ahí es donde los sensores podrían aportar una ventaja.
Si se logra construir una red de monitoreo suficientemente amplia, sería posible comparar los datos registrados en diferentes puntos y determinar dónde se produce un cambio significativo en la calidad del agua.
La inteligencia artificial podría ayudar a procesar esa enorme cantidad de información.
Sin embargo, habrá que preguntarse quién vigilará los sensores, quién validará sus resultados y qué sucederá cuando detecten una descarga contaminante.
¿Puede la tecnología obligar a dejar de contaminar?
La respuesta corta es no.
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de vigilancia, pero no sustituye a las instituciones encargadas de inspeccionar, sancionar y obligar a reparar los daños ambientales.
De poco serviría contar con sensores capaces de detectar una descarga en tiempo real si la información termina archivada en un reporte.
Por eso, el verdadero valor del proyecto no estará únicamente en la tecnología.
Estará en la capacidad de convertir datos en inspecciones, inspecciones en responsabilidades y responsabilidades en acciones de saneamiento.
También será fundamental que los resultados puedan ser auditables y transparentes.
Si una empresa o actividad es señalada por un sistema tecnológico, tendrá que existir un procedimiento técnico y jurídico que permita verificar la información antes de imponer una sanción.
Jóvenes podrían convertirse en “científicos ciudadanos”
El Comecyt también plantea involucrar a estudiantes de preparatorias cercanas al río.
La propuesta consiste en fortalecer los laboratorios escolares para que los jóvenes puedan realizar mediciones y conocer directamente las condiciones del agua.
La iniciativa busca que los estudiantes no sean solamente espectadores de la contaminación, sino participantes en su monitoreo.
Convertirlos en una especie de “científicos ciudadanos” podría tener un efecto importante: generar conocimiento local y, al mismo tiempo, acercar a las nuevas generaciones a un problema ambiental que forma parte de su territorio.
Además, una red de estudiantes, investigadores y autoridades podría multiplicar los puntos de observación de la cuenca.
Pero también sería necesario garantizar capacitación, protocolos de seguridad y métodos científicos consistentes para que los datos obtenidos puedan ser realmente útiles.
Una provocación para mirar de frente al río
Entre las propuestas planteadas por el Comecyt existe incluso una acción simbólica que busca provocar una reacción entre quienes diariamente pasan por Paseo Tollocan.
La idea es modificar temporalmente el tradicional señalamiento del río para colocar una referencia que aluda a su mal olor.
Más allá de lo polémico que pueda resultar, la propuesta plantea una pregunta interesante: ¿hemos normalizado tanto la contaminación del Lerma que ya dejamos de verla?
Para miles de personas que viven, trabajan o circulan cerca de la cuenca, el deterioro del río forma parte del paisaje cotidiano.
Y precisamente por eso puede convertirse en un problema invisible.
Una estrategia de recuperación tendría que conseguir que la sociedad vuelva a mirar el río no como un espacio condenado, sino como un ecosistema que puede recuperarse.
El CIIRPAMéx busca aportar soluciones
A la estrategia se suma el Centro de Investigación e Incidencia para la Restauración de Paisajes Mexiquenses (CIIRPAMéx), cuya construcción registra un avance superior al 50 por ciento, de acuerdo con el Comecyt.
El objetivo de este centro será desarrollar investigaciones que puedan convertirse en propuestas concretas para recuperar ecosistemas y proporcionar información útil para el diseño de políticas públicas.
En el caso del Lerma, el desafío será conseguir que la investigación científica no se quede en diagnósticos.
Porque el problema ya está suficientemente documentado.
Lo que hace falta es traducir ese conocimiento en acciones permanentes de prevención, vigilancia, infraestructura y restauración.
El gran desafío: dejar de reaccionar cuando el daño ya ocurrió
El proyecto de inteligencia artificial abre una oportunidad interesante para el Estado de México.
Una red de sensores podría permitir pasar de una vigilancia ocasional a un monitoreo permanente de la calidad del agua.
Pero también obliga a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué necesitamos inteligencia artificial para detectar algo que durante décadas ha sido evidente para quienes viven cerca del río Lerma?
La tecnología puede ayudarnos a saber quién contamina, cuándo lo hace y qué tipo de sustancias están presentes.
Pero la recuperación del río requerirá mucho más.
Se necesitarán autoridades ambientales con capacidad de inspección, recursos para infraestructura, plantas de tratamiento eficientes, vigilancia continua y sanciones cuando se incumpla la legislación.
Y también ciudadanos dispuestos a exigir resultados.
Porque el éxito de este proyecto no debería medirse por la cantidad de sensores instalados ni por lo sofisticado del algoritmo.
Debería medirse por algo mucho más sencillo: cuánto mejora realmente el agua del río Lerma. La pregunta queda abierta para las autoridades y para quienes viven en la cuenca: si la inteligencia artificial finalmente logra identificar a quienes contaminan, ¿estaremos preparados para hacer algo efectivo con esa información?







