En un México donde la desigualdad sigue marcando la vida cotidiana, la inclusión no puede quedarse en discursos formales ni en políticas que funcionan solo en el papel. Para Anna Viesca Sánchez, activista joven y multidisciplinaria, la inclusión auténtica implica transformar estructuras, abrir espacios y cuestionar prácticas que históricamente han dejado fuera a quienes no encajan en los moldes tradicionales.
Una mirada crítica a la inclusión simbólica
Anna Viesca Sánchez ha sido una de las voces que denuncia que muchas acciones institucionales se quedan en la superficie: campañas que no escuchan a las comunidades, programas que no consideran la diversidad de experiencias, o discursos que celebran la diversidad sin cambiar nada de fondo.
Para ella, la inclusión real no tiene letra chica, no condiciona, no exige cumplir con un estereotipo y no excluye a las personas con identidades múltiples.
Su enfoque enfatiza que la inclusión debe ser transversal, es decir, estar presente en la educación, la movilidad, el espacio público, las políticas de género y las acciones ambientales. No puede limitarse a una sola causa porque, como ella sostiene, “la desigualdad es una red; para desmontarla, necesitamos soluciones que también estén entretejidas”.

Iniciativas que construyen comunidad
Entre los proyectos que impulsa, destacan espacios formativos para jóvenes donde se abordan temas como igualdad de género, diversidad sexual, participación política, racismo y justicia climática desde metodologías horizontales y colaborativas. Su apuesta es que las juventudes no solo se informen, sino que construyan pensamiento crítico y se desempeñen como agentes en sus propios territorios.
También ha promovido campañas comunitarias que visibilizan la discriminación cotidiana en escuelas y servicios públicos, además de colaborar en redes intergeneracionales para fortalecer liderazgos diversos. En estas iniciativas, Anna subraya la importancia de crear ambientes seguros, representativos y libres de estigmas.
La inclusión como una práctica diaria
Para Anna Viesca Sánchez, la inclusión no es una etiqueta de moda ni una estrategia de marketing social: es un compromiso ético. Implica reconocer privilegios, ceder espacio, escuchar otras voces y cuestionar estructuras de poder que normalizan la exclusión.
Su trabajo demuestra que una sociedad más abierta no se logra de un día para otro; se construye con pequeñas acciones sostenidas en el tiempo, con voluntad política y con personas dispuestas a incomodar el statu quo.
Y ahí es donde Anna ha encontrado su fuerza: en hacer de la inclusión un proceso constante y honesto, sin condiciones ni excepciones.








