Empecemos con algo incómodo: en el Estado de México no faltan problemas, lo que sobra es creatividad para inventar nuevos partidos políticos. Como si la democracia fuera un catálogo de opciones infinitas, ahora se cocina otro instituto local que promete “más participación”, pero que en realidad huele más a factura que a solución, ¿no te suena conocido?
Porque cada vez que aparece un nuevo partido, el discurso es el mismo: pluralidad, representación, voces nuevas. Pero la realidad es menos romántica. Un partido no nace del aire ni del entusiasmo ciudadano; nace con presupuesto, con estructuras, con prerrogativas y con un costo que alguien paga. Spoiler: no lo pagan los dirigentes, lo pagan los mexiquenses, ¿o de dónde crees que sale?
El problema no es solo el nombre —“Podemos”, “Avanzamos”, “Construimos”— eso es lo de menos. El verdadero tema es la lógica detrás de crear partidos como si fueran herramientas desechables. Hoy sirven para acomodar aliados incómodos, mañana para fragmentar votos y pasado mañana para reemplazar a quien ya estorba en la coalición. Todo muy estratégico, muy fino… y muy caro para el ciudadano común, ¿no?
Mientras desde el discurso oficial se insiste en reducir gastos, en apretarse el cinturón y en que “ya no hay para tanto”, en la práctica se multiplican las estructuras políticas que viven del financiamiento público. Menos diputados, dicen. Menos dinero a partidos, prometen. Pero más partidos nuevos aparecen, piden registro, piden recursos y piden paciencia, ¿no es una contradicción bastante descarada?
Y aquí está lo verdaderamente delicado: estos partidos no nacen para ganar, nacen para servir. Para dividir votos, para presionar negociaciones, para simular pluralidad o para tener un plan B cuando las alianzas se desgastan. No representan causas nuevas, representan cálculos viejos con nombre distinto, ¿eso es fortalecer la democracia o solo administrarla a conveniencia?
Lo peor es que ya normalizamos este juego. Vemos surgir partidos locales como si fueran parte natural del paisaje político, sin preguntarnos cuánto cuestan ni para qué sirven. Se nos pide participación, pero no opinión. Se nos habla de democracia, pero no de eficiencia. Y mientras tanto, el presupuesto se diluye en campañas que nadie pidió y estructuras que nadie eligió, ¿en serio esto era necesario?
Al final, el problema no es que exista un partido más, sino que cada nuevo partido viene acompañado de una factura colectiva. Más dinero, más simulación, más ruido y las mismas prácticas de siempre. Cambian los logos, cambian los colores, pero el negocio político sigue intacto.
Así que la pregunta no es si “Podemos” o cualquier otro partido logrará sobrevivir electoralmente. La pregunta real es si como ciudadanos vamos a seguir aplaudiendo cada nuevo invento partidista o si, por una vez, vamos a preguntarnos quién gana y quién paga cuando el poder decide crear otra opción que no pedimos, ¿no crees?








