Quieren cambiar el nombre del cabildo en Toluca, como si eso arreglara los problemas de fondo

Salón de Cablidos - Toluca
Salón de Cablidos - Toluca

Primero llega la idea disfrazada de inclusión y suena bien… hasta que la miras con lupa. Cambiar el nombre del salón de cabildos para ponerle Leona Vicario bajo el argumento de que falta representación femenina parece, en el discurso, un acto progresista; pero en la práctica huele más a gesto simbólico cómodo que a transformación real. Porque si la deuda con las mujeres en la política municipal fuera asunto de una placa, el problema estaría resuelto desde hace años, ¿de verdad creen que un cambio de letrero compensa la falta de decisiones profundas?

Después aparece algo que muchos prefieren ignorar: los nombres también cuentan historias institucionales. Felipe Chávez Becerril no fue un adorno administrativo ni un capricho de otra época; fue regidor, diputado local y presidente municipal de Toluca en dos periodos distintos, alguien ligado directamente al cabildo y al ejercicio real del gobierno municipal. Su nombre no representaba un partido ni una moda política, sino la continuidad de una institución que ha sobrevivido a distintas administraciones, ¿de verdad la memoria pública se vuelve prescindible cada vez que cambia el discurso del momento?

Felipe Chávez Becerril - Toluca
Felipe Chávez Becerril – Toluca

Luego surge la contradicción incómoda: usar la memoria de una mujer histórica para borrar otra memoria institucional. Nadie discute el valor de Leona Vicario ni su lugar en la historia, lo que sí genera ruido es la lógica política de sustituir un símbolo por otro como si la representación fuera un juego de suma cero. El salón de cabildos no es un espacio vacío esperando una causa del momento; ya tiene historia, ya tiene contexto, y cambiar su nombre no amplía la participación femenina por arte de magia, ¿o ahora la igualdad se mide solo por qué nombre está grabado en la pared?

Más adelante se asoma la realidad que incomoda: la política ama los gestos que se ven, aunque no cambien nada. Es más fácil inaugurar, renombrar o mover símbolos que entrarle a los problemas que sí cuestan políticamente: abrir espacios reales de decisión para mujeres, garantizar liderazgo sin simulación o enfrentar las dinámicas internas que siguen dominadas por los mismos grupos de siempre. Cuando el poder elige lo simbólico sobre lo estructural, el mensaje es claro: prefieren la foto antes que el cambio incómodo, ¿no será que la representación se usa como pretexto cuando conviene?

Y al final queda la pregunta que nadie quiere hacerse con honestidad: qué tanto de esto es convicción y qué tanto es estrategia. Porque reconocer a las mujeres en la vida pública debería sentirse auténtico, no como una maniobra que borra continuidad institucional para vender novedad política. El cabildo no necesita amnesia selectiva ni guerras simbólicas, necesita decisiones que respeten la historia mientras construyen futuro. Si mañana vuelve a cambiar el nombre según el ánimo político del día, ¿qué quedará de la institución aparte de la costumbre de reinventarse para no cambiar de verdad?

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