Sin previo aviso y sin dueño a la vista, un perro apareció hace unas semanas en la gasolinera conocida como La Jet, ubicada en el cruce de Paseo Tollocan y Pino Suárez, en Toluca. Al principio, su presencia parecía pasajera; sin embargo, con el paso de los días, su permanencia se volvió parte de la rutina diaria del lugar.
Los despachadores comenzaron a notar que el animal regresaba cada día, tranquilo, sociable y con una mirada que rápidamente despertó empatía. Sin darse cuenta, el perro ya no solo era un visitante más, sino un compañero constante.
Entre bromas y sonrisas, los trabajadores decidieron bautizarlo como Solovino, un nombre que pronto se volvió familiar tanto para empleados como para clientes. No es raro verlo descansando junto a una bomba de gasolina, especialmente después de lo que los despachadores llaman su “turno nocturno”.
La escena se ha vuelto común: Solovino durmiendo plácidamente, como si hubiera cumplido una jornada laboral más. Esa imagen ha provocado comentarios, risas y, sobre todo, afecto entre quienes cargan combustible en la estación.

El vínculo fue creciendo al punto de que los propios trabajadores decidieron hacerle un uniforme. Corbata incluida, el atuendo fue confeccionado a mano como símbolo de que Solovino ya forma parte del equipo.
Además del uniforme, el perro cuenta con alimento diario, un espacio techado para dormir y cobijas para protegerlo del frío. Aunque no pertenece oficialmente a la empresa, para quienes laboran ahí es un integrante más.
El cariño no se limita al personal de la gasolinera. Clientes habituales han comenzado a preguntar por Solovino y, en algunos casos, a llevarle croquetas o apoyos de manera voluntaria. Su historia se ha difundido de boca en boca, generando una pequeña red de solidaridad.
Los trabajadores reconocen que, por su edad, el perro se muestra cansado en ocasiones, por lo que procuran bañarlo, cambiarle su uniforme y vigilar su bienestar de forma constante.
Hoy, Solovino no solo es parte del paisaje urbano de Toluca, sino también un recordatorio de cómo pequeños gestos pueden cambiar la vida de un animal en situación de calle. Aunque su alimentación corre principalmente por cuenta de los despachadores, quienes lo cuidan confían en que más personas se sumen a apoyarlo.
Su historia demuestra que la empatía y el trabajo colectivo pueden convertir un lugar de paso en un espacio de refugio, y a un perro sin hogar, en un símbolo de comunidad.







