La jornada laboral puede comenzar mucho antes de llegar al trabajo. Empieza cuando suena el despertador y hay que salir con suficiente anticipación para caminar hasta la parada, esperar el transporte y calcular si alcanzará el tiempo para un transbordo. Todavía no comienza el turno, pero ya se gastaron dinero, tiempo y energía.
Creo que desde esa experiencia debemos hablar de movilidad en Lerma. Desde lo que significa para una persona organizar su vida alrededor del trayecto: a qué hora levantarse, quién llevará a los niños a la escuela o cuánto quedará del día al volver a casa.
Llegar a tiempo es una responsabilidad de quien trabaja. Pero cumplirla se vuelve más difícil cuando no existe certeza sobre cuánto tardará el traslado. Salir cada vez más temprano puede ser una solución individual, aunque tiene un costo que pocas veces se discute: menos descanso y menos tiempo con la familia.
A eso se suma el gasto. Cuando hacen falta varios transportes para llegar al empleo, el pasaje ocupa una parte del presupuesto que también debe alcanzar para alimentos, vivienda y otros servicios. Si en una casa se trasladan dos o tres personas todos los días, la cuenta pesa todavía más.
Me parece que una conversación seria sobre movilidad debe empezar por preguntas concretas: ¿cómo se conectan las comunidades con los centros de trabajo?, ¿en qué horarios se necesita mayor servicio?, ¿qué pasa con quienes entran muy temprano o salen por la noche? También importa saber en qué condiciones se llega a la parada y dónde se espera el transporte.
El recorrido comienza desde que una persona sale de su casa. Una banqueta interrumpida, un cruce difícil o una parada sin iluminación también forman parte del trayecto. Quien camina merece hacerlo con seguridad, sin tener que disputar espacio con los vehículos.
Sería poco serio prometer que todos estos problemas pueden resolverse de inmediato. Hay decisiones que requieren recursos y coordinación entre autoridades, transportistas y centros de trabajo. Precisamente por eso hace falta identificar los recorridos más complicados, escuchar a quienes los realizan y establecer prioridades que puedan explicarse y evaluarse.
Las empresas también pueden aportar a esa conversación. Conocer cómo llega su personal, revisar opciones de transporte y coordinar horarios donde sea posible son asuntos que merecen ponerse sobre la mesa. El traslado influye en el cansancio y en las condiciones con las que una persona comienza y termina su jornada.
Considero que en Lerma debemos valorar la movilidad por lo que permite hacer: llegar al empleo a tiempo, regresar con seguridad y conservar una parte del día para vivir fuera del trabajo.
Porque detrás de cada trayecto hay alguien cuyo tiempo también merece respeto. Llegar al trabajo no debería ser otro trabajo, ni volver a casa consumir las pocas horas que quedan para estar en ella.







