Por Miguel Ernesto Leetch San Pedro, Magistrado de Circuito adscrito al Pleno Regional en Materias Penal y de Trabajo de la Región Centro-Norte, con residencia en la Ciudad de México.
En medio de debates sobre planes de estudio, tecnologías educativas y rankings escolares, con frecuencia olvidamos una verdad elemental: la educación de la niñez no comienza en la escuela ni termina en el aula. Empieza en casa y se construye todos los días con el ejemplo.
Durante décadas se ha depositado en la escuela la responsabilidad casi absoluta de formar a niñas y niños. Sin embargo, ningún programa académico puede sustituir lo que se aprende en el hogar: el respeto, la empatía, la forma de resolver conflictos, el valor del esfuerzo y la manera en que se mira al otro, especialmente cuando es distinto.
Hoy enfrentamos un reto distinto al de generaciones anteriores. Nuestros hijos crecen en un mundo hiperconectado, competitivo y, al mismo tiempo, profundamente desigual. Por ello, urge replantear tanto la educación familiar como la escolar, integrando una formación verdaderamente integral.
La familia debe recuperar su papel formativo. No basta con proveer sustento y supervisar tareas escolares. La niñez necesita aprender, desde casa, que la tolerancia no es debilidad, que la inclusión no es concesión y que la no discriminación no es moda, sino condición básica para convivir en sociedad. Estos valores se transmiten cuando los adultos escuchan, dialogan y respetan, incluso en el desacuerdo cotidiano.
Por su parte, las escuelas necesitan ampliar su enfoque. No puede seguir considerándose éxito educativo únicamente obtener buenas calificaciones en matemáticas o lenguaje. La educación debe preparar para la vida, no solo para exámenes.
El deporte, por ejemplo, no es una actividad secundaria: enseña disciplina, trabajo en equipo, resiliencia y manejo de la frustración. La educación financiera básica permite comprender el valor del ahorro, del consumo responsable y del trabajo honesto. Asimismo, formar en el valor del esfuerzo y del oficio dignifica cualquier profesión y ayuda a derribar prejuicios sociales profundamente arraigados.
La escuela también debe convertirse en un espacio donde se aprenda a convivir con la diversidad: cultural, social, física y de pensamiento. La niñez que aprende a respetar diferencias será menos propensa a la violencia y más capaz de construir acuerdos en la vida adulta.
Pero nada de esto será posible si familia y escuela trabajan por separado. La educación integral exige corresponsabilidad: hogares comprometidos y centros educativos abiertos a dialogar con madres, padres y tutores, compartiendo objetivos y estrategias.
Educar no es solo transmitir conocimientos; es formar personas capaces de convivir, trabajar, crear y respetar. Si aspiramos a una sociedad menos violenta, más justa y productiva, debemos comenzar por la niñez, colocando en el centro aquello que realmente sostiene a una comunidad: valores, disciplina, respeto y sentido de responsabilidad.
Porque el futuro no se improvisa. Se educa.








